El legado de Valeria 05/01/2026
Esta columna honra la memoria de Valeria Afanador Cárdenas y busca convertir el dolor en conciencia colectiva. Conciencia administrativa Nacional, Departamental, Municipal y Corporaciones Autónomas Regionales para que cumplan y hagan respetar las normas urbanísticas y las rondas de los ríos. Conciencia de las Instituciones educativas para que eduquen verdaderamente desde el cuidado y el amor al infante, no solo por intereses lucrativos. La historia de Valeria no debe repetirse jamás.

Por: Pablo Afanador Sastre.

Hoy escribo con el corazón, pero con la esperanza de que el amor de Valeria Afanador Cárdenas, ese fractal de mil colores, llevaba el síndrome de Down como un estandarte de pureza, no debe apagarse jamás.

Valeria no era solo una hija, una
hermana, una nieta, una sobrina,
una prima o una alumna más; era
un rayo de sol que pintaba el mundo
con sus colores que tanto amaba.

Cada tono en sus dibujos, cada risa contagiosa, cada abrazo sincero, era un recordatorio de que la bondad existe en su forma más pura.

Su vida, aunque breve, fue una lección de amor incondicional. En su mirada no cabían prejuicios, solo curiosidad y ternura. Con su sonrisa, derribaba muros y unía a su familia alrededor de la sencillez y de lo verdaderamente importante: el tiempo compartido, los gestos pequeños, la paciencia convertida en cariño. Valeria nos enseñó que el lenguaje del corazón no necesita palabras complejas, solo presencia auténtica.

Por eso duele tanto su partida. Duele porque nada justifica que una niña como ella, que irradiaba vida, se vaya por descuidos inhumanos. Nada justifica que ningún niño muera abandonado en las calles, víctima del hambre, de la indiferencia, o de las guerras absurdas que se libran en nombre de Dios, con armas que algunos hasta osan bendecir. Valeria merecía crecer en un mundo que protegiera su fragilidad, que celebrara su diversidad, que luchara por su bienestar con la misma ferocidad con la que ella amaba.

Sin embargo, en medio de este dolor, algo extraordinario sucedió:

Cajicá y Colombia entera se
despertaron. La comunidad,
conmovida, se unió en una marea de
solidaridad. Vecinos, desconocidos,
medios de comunicación, todos
preguntándose lo mismo:
¿Cómo es posible que perdamos
a una niña como Valeria?

Ese clamor colectivo, ese dolor compartido, es un llamado a la acción. No podemos normalizar las muertes evitables de los más inocentes. Valeria nos obliga a mirar de frente las fallas de un sistema que a veces olvida a los más vulnerables.

Hoy, mientras lloramos su ausencia, también celebramos su legado. Ella, sin proponérselo, nos recordó que la humanidad se mide por cómo tratamos a los que más nos necesitan. Que los niños con síndrome de Down, como ella, no son “ángeles” destinados a un cielo lejano, sino seres terrenales con derecho a una vida plena, protegida y digna.

Valeria, querida, aunque el mundo no supo cuidarte como merecías, tu luz perdurará. En cada corazón, en cada arcoíris, en cada gesto de solidaridad, en cada familia que abrace a sus hijos más fuerte hoy, tú estarás presente. Y desde ese lugar, donde los colores son más brillantes, seguirás diciéndonos al oído:

"No dejen que esto vuelva a pasar".

Valeria, niña valiente, fractal de Mil Colores

Poema en memoria de Valeria Afanador Cárdenas.

Valeria, te convertiste en faro luminoso de vida radiante.
Nos dejas tu huella grabada con fuego incandescente en el
corazón de tu familia, de los cajiqueños y de la humanidad.
Nos marcaste con tu fractal de mil colores
traspasaste fronteras como un corcel indomable.

Tu espíritu emergió de las profundidades,
resplandeciente en el río y en el bosque,
en la montaña y en el valle,
en la sonrisa y en el llanto,
en el niño y en el anciano.

Nos estremeciste con tu fuerza,
hiciste sentir tu presencia,
cómo se siente el viento, la lluvia y el sol
cuando tenemos expuesto el rostro
y el espíritu frente a lo desconocido.

Tú nos enseñas la travesía de los colores:
que el alma, como arena, se funde en el fuego;
que el alma fundida se forja en el agua fria;
que el alma forjada se pule con el roce del viento;
y que el alma pulida debe resplandecer en la tierra.

Niña, vuela libre como el viento que lleva tu sonrisa.
Caliéntanos con el fuego de tu alma en las noches frías,
enséñanos la fortaleza del ser, como metal forjado,
e irradia nuestra oscuridad con tu fractal luminoso.
Amada Valeria, sigue tu camino,
porque la huella que dejas es profunda.

No vivirás en el recuerdo: vivirás en la acción,
en los actos que generarán nueva vida.
Serás el espíritu viviente del río,
maestra de resiliencia y resistencia;
tu fuerza será inagotable.

Porque tú, niña valiente,
ya fuiste fundida por el fuego, forjada por el agua,
pulida por el viento y emergida como
un fractal puro de mil colores. Ya eres fuente
resplandeciente de nuevas generaciones,
que se inspirarán en ti.

Pablo Afanador Sastre