“Las mayorías electorales funcionan para legitimar a las minorías privilegiadas”. Antonio García* 21/02/2022
democracia
Por: Andrés Olivos Lombana.

La nación ha llegado a un punto muerto en el que la democracia no funciona porque no existe una tradición cultural en todos los niveles de la sociedad colombiana, ni la tradición cultural puede crearse porque no existe una democracia.

Afirmar que existe una dosis de democracia, equivale a suponer la aplicación sincera de algunos principios económicos, políticos o morales y la vigencia práctica de algunas normas básicas de representatividad. La democracia no se concibe como un simple producto de la presencia electoral del pueblo, independientemente de su contenido y dirección.

Esta es una noción bárbara y nihilista, en cuanto no sirve para indicar dónde vive la democracia, sino todo lo contrario: para ocultar dónde realmente vive. Si todo se reduce a un problema aritmético de apropiarse del 51% de los registros electorales, ¿habrá algún sistema político que no sea la democracia? ¿Qué opinaremos de un régimen como el nazi que, a simple vista, fue producto de la voluntad mayoritaria del pueblo alemán?

Estas consideraciones bastan para demostrar que la noción vulgar de la democracia no es suficiente, ni aceptable, ni lógica. La democracia supone una actividad responsable del pueblo, orientada hacia la defensa de sus propios intereses, en los distintos frentes de la vida social, así como unas estructuras de participación. Es como se advierte, una conjugación necesaria de medios y de fines: movilización responsable y organizada del pueblo para que conquiste los bienes que le corresponden como comunidad.

Es sencillamente monstruoso creer que hay democracia donde se arrea al pueblo como una horda, donde las masas no participan en las tareas de la conducción, y donde la actividad electoral tiene como fi n la negación de los bienes que le pertenecen a todo el pueblo para realizarse históricamente. No hay democracia por el simple acto de presencia de una masa electora, ni aun donde se practica la costumbre espectacular y formalista de los plebiscitos; ni la hay tampoco donde las mayorías electorales irresponsables funcionan exclusivamente para amparar y legitimar a las minorías privilegiadas. Todas estas son negaciones de la democracia, en sus fines y en sus medios.

* Antonio García: Dialéctica de la democracia. Plaza y Janés. Bogotá, 1987, p. 205.