Además, los fuegos artificiales representan más de 70% de la contaminación atmosférica, lo que puede afectar la salud respiratoria y contribuir al smog y picos de ozono. La persistencia del uso de pólvora se debe a una combinación de factores culturales, sociales y comportamentales, más allá de la simple desinformación. El refuerzo cultural asociado a la celebración y la relación entre la pólvora y lo prohibido también influyen en el comportamiento de las personas.
La venta y manipulación de pólvora en Colombia están reguladas por la Ley 670 de 2001, que establece sanciones para los padres que permiten la manipulación de pólvora a menores. Sin embargo, la clandestinidad y la impunidad asociada a las fábricas artesanales y los puntos de venta ilegales continúan afectando las campañas de sensibilización y precaución. Deberíamos tener más consciencia social, puesto que estas emisiones deterioran la calidad del aire y generan riesgos para la salud respiratoria, por lo que está desembocando en episodios de asma, crisis respiratorias, quemaduras o accidentes.
Esto sin dejar de lado el impacto en la contaminación acústica y la posible irritación de ojos. El uso de estos artefactos se ha consolidado históricamente como una forma socialmente aceptada de marcar fechas consideradas clave, lo que hace que el comportamiento se reproduzca de generación en generación. Esta modelación cultural influye especialmente en niños, adolescentes y jóvenes, quienes aprenden estas prácticas como parte “normal” de la celebración.
A este componente cultural se suma un refuerzo social que legitima la conducta en contextos familiares y comunitarios. La pólvora no solo se tolera, sino que en muchos entornos se promueve como símbolo de fiesta, pertenencia y participación colectiva. El entorno permisivo de las administraciones municipales y la policía, dificulta la contención del uso de estos materiales, incluso cuando existen campañas preventivas y normativas que lo restringen.